Cuando cae la tarde, en los fríos inviernos de los sectores campesinos, de la zona central de Chile, el Sol se esconde con gran rapidez. Es la hora de la “choca”, donde el té hervido en una lata de conserva, directo al calor de una humeante fogata, hace reponerse hasta el trabajador más mitigado de la Tierra. Pues bien, había sido un día largo y entretenido, aunque habíamos llegado a la meta, aún faltaba el regreso.
Había sido un día especial, las energías de la adolescencia hacía que uno se sintiera invencible. Sin embargo, el té sirvió para recuperar las fuerzas perdidas de la cabalgata. Mi amigo y yo habíamos buscado la forma de que esta aventura del día fuera distinta.
Al juntarnos esa mañana, fuimos a pedir que nos prestaran caballos, “ Ño Gundo” y “ Chico Alberto” , viejos campesinos del sector, de una bondad que brota por sus poros, con un ingenio envidiable y con la picardía natural de la gente de mi pueblo. Pues bien, después de algunos minutos de lobby... logramos el tan anhelado préstamo, total eran “pa’l” hijo del profe. Nos prestaron una yegua recién amansada y un percherón, del que cada casco de sus patas, era como del porte de mi cabeza. En esa época no medía más allá de un metro sesenta y ocho (eso no cambió a lo largo del tiempo), por lo que tuve que usar mi ingenio para poder subirme a tan impactante equino. Finalmente, una pequeña muralla de piedras aportó los centímetros necesarios para lograr el objetivo.
Nos acomodamos la mochila y partimos, lo primero fue salir despacio y lento para que los dueños viesen lo cuidadoso que éramos con tan protegidos animales. Sin embargo, al cabo de unos cientos de metros debíamos probar cuan veloces eran los compañeros de viaje. Fue la primera vez en que mi rostro parecía de un oriental.
La vida de los hijos de los profesores itinerantes y con alma de colonos, hace que se forjen en base a la facilidad de adaptación. Siempre son afuerinos. Es algo así como los hijos de exiliados, nunca sabes de donde eres y esa es una constante en tu vida, somos algo así como la nueva versión de los nómades, o como alguien nos clasificara, los marineros en seco, una vida en cada puerto.
Con esa facilidad de adaptación me vi vestido con polainas de cuero, jeans, sombrero de huaso y zapatillas (al “huaso Bueras”, personaje insigne en la tradición castrense de mi país, se le hubiese caído el pelo al ver a tal espécimen que atentaba contra la imagen del hombre de campo chileno).
Recorrimos el pueblo, lo primero que hicimos fue pasar a la iglesia, era una construcción del siglo XVIII y decían los antiguos que allí había descansado don Diego Portales, personaje que marca la historia de mi país, mientras lo trasladaban, en su calidad de preso desde Quillota a Valparaíso; más tarde lo asesinarían en el Cerro Los Placeres, en el puerto.
Este pueblito, que acogió mis primeros años de vida y que determinó el cómo se comenzaría a pulir mi piedra bruta, se llama Tabolango, en mapudungún, lengua nativa de mis ancestros, significa “el de la cabeza enferma”, chava lonco…acorde con quien os relata esta historia. Tras la primera parada en nuestro recorrido, enfilamos hacia los cerros, un proceso mágico viví cuando cruzamos la carretera a caballo, el sonar de los cascos sobre el asfalto era curioso, era como mezclar las tradiciones del campo con la modernidad de lo urbano. De ahí en adelante todo fue subir, contemplaba el Valle del Aconcagua, en donde el río del mismo nombre, estaba ya cansado y le faltaban pocos kilómetros para que llegara a su destino.
Desde lo alto, contemplaba el pueblo de Limache, grandes plantaciones y mucha agua en el embalse Los Aromos. Me sentía el dueño del mundo, me recosté en el suelo y un mundo se me abrió, el cielo, cubierto de algodonezcas nubes fue una aventura, pasaron ante mis ojos innumerables figuras, oía el viento y una hermosa melodía sonaba gratamente. De pronto, la sensación de poder... yo era el centro del universo, nadie podía esconder intimidad, desde mi perspectiva lo podía ver todo.
Imaginé grandes imperios construidos en las riveras del río, todos levantados con los materiales que te entrega la madre natura, con ingenio y con respeto. Pensé en los soldados de la guerra civil de 1890 y cómo, más de alguno, pudo haber estado en el lugar en que me encontraba. Recordé los relatos de la Sra Trini, quien contaba historias de los cuatreros que se ocultaban entre los matorrales en el delta del afluente, y que con rifle en ristre, defendían los botines obtenidos. Contaba también, que en más de alguna oportunidad los “Pincheira”, banda mística en la historia popular de Chile, habría pasado por estas tierras o cómo Francis Drake, el famoso pirata habría escondido parte de sus tesoros en el sector, tras atracar en Concón, en la desembocadura del río Aconcagua.
Personajes ilustres han pasado por este pueblito, donde lo más cercano queda lejos. No aparece en los mapas, el tiempo se quedó, no pasa. Los avances de la modernidad le hacen algunos guiños cada cierto tiempo, hoy en pleno siglo XXI, al menos tiene un teléfono público, pero no tiene conexión a internet.
Pues bien, el volar de mi imaginación me permitió zurcar el tiempo, proyectarme en el futuro y hoy, desde ese futuro, recordar el pasado. Ese día, el frío se hizo presente, con lo poderoso que me sentía, un fuego fue fácil de hacer. Tomar la “choca” y… repuesto de nuevo. Se hizo de noche y apresuradamente arreglamos las cosas, la bajada fue lenta y difícil, los caballos resbalaban, la sensación de poder comenzó a perderse junto con el Sol, cuán Sansón al perder su cabellera. El retorno fue lento, volvimos a pasar por los diferentes y entretenidos lugares que cobijaban mis juegos de niño. Entregamos los caballos sanos y salvos, algo cansados tal vez, pero íntegros; tanto así que sus dueños nos ofrecieron una próxima oportunidad para ocuparlos. Caminamos por las polvorientas calles, alumbrados por unas débiles luminarias, que más bien le daban un tinte fúnebre que protector. Al llegar a casa, fui un sumiso cordero, mi padre, quien acostumbra a entregar sus enseñanzas mediante dilatadas historias, se hizo presente en el umbral de la puerta, me miró cariñosamente y me recordó que los padres se preocupan de sus hijos y que doce horas sin avisar dónde estaba era mucho. Entonces, me recordó que el poder es efímero, que al perderlo también pierdes garantías y que al final, sólo quedas con los que están más cerca de ti. Tras eso, estuve un mes sin poder salir.