Eran los últimos días del mes de abril, en Valparaíso, mi ciudad natal, comenzaban a aparecer los primeros indicios de un otoño lluvioso y frío. Al despertar, mi primer acto, casi reflejo, fue revisar cómo estaba el tiempo… lluvia… y ups!. Recordé que durante el fin de semana habíamos estado de arreglos en casa, muebles para allá, ropa para acá, que no encuentro esto o aquello. Pues bien, mi mujer, la noche anterior, me preparó ropa delgada para el trabajo, ropa que, dadas las circunstancias no me podía poner.
En el atraso típico del día lunes, comencé la búsqueda épica y gloriosa de algo más abrigado, cuidando de no herir ciertas susceptibilidades femeninas, que no me llevaran a eso de “le saco la sal”. Sin embargo, el paso de los minutos hacía mella en mi acostumbrada calma matinal, zapatos por allá, pantalones por acá, un sweater ideal y… ok! Listo para salir. Miro la hora, treinta minutos tarde, apuro el paso, la vorágine de la calle me inquieta, me acelera. Estoy atrasado, hago parar un colectivo… va lleno… y otro, otro y otro. La desesperación hace que me desquite con la primera víctima; un buen ciudadano se interpuso ante mi persona y tras la detención del único colectivo con un cupo disponible, me quitó el lugar. Ante ello, preparo un sinfín de curiosas expresiones típicas de nuestra cultura, pero cuando logro ordenarlas para darle una salida coherente y expresarlas con la fuerza que se requería, el colectivo ya llevaba varios metros adelante. Miro desesperado la hora, el retraso me descompone, no soporto la idea de dar excusas, “disculpe llegué atrasado porque no encontraba ropa”, era dejar mal a mi mujer quien se esmeraba porque fuera lo mejor presentado posible, denotaba una familia desordenada y estábamos muy lejos de aquello…. Más aún, si mi mujer llegaba a saber que esa era la excusa, me colgaría de la más preciada extremidad de mi cuerpo…las piernas. Siempre me dice “te voy a colgar del balcón cabeza abajo”. No lo soportaría.
¿Qué hago?, caminando demoro como una hora hasta la oficina, imposible. Pasar punta y codo frente al escritorio de mi jefe era una alternativa, era posible que no me viese y pasaría desapercibido. Tal vez tenga suerte y lleguen todos atrasados en la oficina, nadie lo notaría. ¡Qué ridículo!, es un atentado a mi coeficiente intelectual. Me detuve, me calmé, pensé y dije…la solución está en mi bolsillo y cuan James Bond… saqué el celular marqué el 007 de publiguías y pedí un taxi. Llegó en la nada de tiempo, me senté en la parte posterior como un príncipe y ¡ya!, en cinco minutos estaba en la oficina. Al llegar, la secretaria de gerencia me dice: “Sr López, ¿recordó traer la torta para el cumpleaños del jefe?”… ¡la torta del jefe!. Me calmé, la miré a los ojos, levanté una ceja y le dije “pásame las amarillas”, tomé el teléfono y una vez más ¡ya!, desde la panadería de la esquina me fueron a dejar la torta. Me convertí en un héroe, fui la estrella, cumplí con lo prometido y…. De atraso nadie se dio cuenta, ese día había pedido permiso administrativo en la mañana, por eso me encargaron la torta para el café de la tarde.
En el atraso típico del día lunes, comencé la búsqueda épica y gloriosa de algo más abrigado, cuidando de no herir ciertas susceptibilidades femeninas, que no me llevaran a eso de “le saco la sal”. Sin embargo, el paso de los minutos hacía mella en mi acostumbrada calma matinal, zapatos por allá, pantalones por acá, un sweater ideal y… ok! Listo para salir. Miro la hora, treinta minutos tarde, apuro el paso, la vorágine de la calle me inquieta, me acelera. Estoy atrasado, hago parar un colectivo… va lleno… y otro, otro y otro. La desesperación hace que me desquite con la primera víctima; un buen ciudadano se interpuso ante mi persona y tras la detención del único colectivo con un cupo disponible, me quitó el lugar. Ante ello, preparo un sinfín de curiosas expresiones típicas de nuestra cultura, pero cuando logro ordenarlas para darle una salida coherente y expresarlas con la fuerza que se requería, el colectivo ya llevaba varios metros adelante. Miro desesperado la hora, el retraso me descompone, no soporto la idea de dar excusas, “disculpe llegué atrasado porque no encontraba ropa”, era dejar mal a mi mujer quien se esmeraba porque fuera lo mejor presentado posible, denotaba una familia desordenada y estábamos muy lejos de aquello…. Más aún, si mi mujer llegaba a saber que esa era la excusa, me colgaría de la más preciada extremidad de mi cuerpo…las piernas. Siempre me dice “te voy a colgar del balcón cabeza abajo”. No lo soportaría.
¿Qué hago?, caminando demoro como una hora hasta la oficina, imposible. Pasar punta y codo frente al escritorio de mi jefe era una alternativa, era posible que no me viese y pasaría desapercibido. Tal vez tenga suerte y lleguen todos atrasados en la oficina, nadie lo notaría. ¡Qué ridículo!, es un atentado a mi coeficiente intelectual. Me detuve, me calmé, pensé y dije…la solución está en mi bolsillo y cuan James Bond… saqué el celular marqué el 007 de publiguías y pedí un taxi. Llegó en la nada de tiempo, me senté en la parte posterior como un príncipe y ¡ya!, en cinco minutos estaba en la oficina. Al llegar, la secretaria de gerencia me dice: “Sr López, ¿recordó traer la torta para el cumpleaños del jefe?”… ¡la torta del jefe!. Me calmé, la miré a los ojos, levanté una ceja y le dije “pásame las amarillas”, tomé el teléfono y una vez más ¡ya!, desde la panadería de la esquina me fueron a dejar la torta. Me convertí en un héroe, fui la estrella, cumplí con lo prometido y…. De atraso nadie se dio cuenta, ese día había pedido permiso administrativo en la mañana, por eso me encargaron la torta para el café de la tarde.

1 comentario:
Huele a nostalgia, a recuerdos, a añoranzas , a sueños construídos y por construir, en definitiva a "tu vida".
Lo más importante para mí es que te diste una nueva oportunidad para desarrollar tu intensa creatividad y sin ánimo de ser autorreferente, siento la presencia de esa secreta mujer...en un espacio de tú vida.
Adelante Compañero y continúe cultivando sus sueños, los sueños de Ildefonso ...
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